Monday, 10 April 2017

CIRCUNSTANCIA EXIMENTE







El 27.08.2014 Joana entró en la tienda de Martín. Al salir, dejó olvidada una malla con efectos personales. Martín salió de la tienda, llamándola a voces, sin obtener ningún eco. Tanto, que tuvo que seguirla prácticamente hasta su casa. Y, al devolverle sus útiles, se fijó, por un momento, en su aspecto: extremadamente delgado, con un jersey de lana gruesa y aquél pelo fino, rojizo, con un mechón sobre la oreja, disimulando un pequeño aparato en el oído. Aquél aire abandonado le suscitó cierto afecto.

Fue así como comenzó la obsesión de Martín por seguir los pasos de Joana, observándola desde la distancia, sentándose detrás de ella durante horas en la biblioteca, observando su nuca, sin atreverse a hablar.

Un día 10.03.2015, Martín esperó a Joana en el portal de su casa: estaba decidido a declararse. Sólo al ver aquél gesto de pánico y desconcierto, cayó en la cuenta de que él no era más que un desconocido. En un arranque de miedo, de cólera y de vergüenza, la estranguló con sus manos. Calmada su ira, fue consciente de que nunca más la vería. Se quedó durante horas mirándola, en un estado casi cataléptico, mientras Farruco, vecino del primer piso, le sustraía al cadáver el reloj que llevaba en la muñeca.

Nunca se ha llegado a alegar la existencia de los bienes sustraídos. En cuando a Martín, el juez acordó un auto de internamiento en un Centro Médico Psiquiátrico, por entender que, al tiempo de los hechos, presentaba un trastorno delirante de curso crónico, alteración mental que estaba favorecida y potenciada por una personalidad paranoide y por el consumo habitual de estupefacientes.

A día de hoy, nadie ha satisfecho todavía los honorarios del abogado.
 
 
 

 

 

Saturday, 13 August 2016

GRACIAS POR SU COMPRA



Lo confieso: me gustan los supermercados. La sección de frutas, la verdura, los yogures y el estante de los chocolates. Pero lo que más me gusta de ellos es la línea de caja. Una señora sonriente que pasa los productos y abre las bolsas con sorprendente rapidez. Uno pone la barra separadora y espera su turno con paciencia. “Hola! ¿Qué tal? ¿Cómo te va?” Y la cajera contesta con sonrisa mientras despliega una bolsa, teclea en la máquina, escanea los productos, cuenta los billetes, cierra un frasquito y aprieta un botón. En Palma tengo incluso mi autoservicio favorito: una tienda de expertos competentes con un ambiente estupendo y la expresión nívea y brillante.

Últimamente, sin embargo, la situación está cambiando. Es lo que tiene la política, que se extiende con más facilidad que la clamidia. Señoritas impacientes que se expresan en idiomas de su tierra, encaprichándose en mostrar su repudio hacia la lengua del cliente. “Por favor, ¿podría repetirlo en castellano?” Y te miran con cara de asco, señalando hacia el letrero de la caja en el que oscilan en verde los números de la cuenta.

Tornas al piso con el espray de palurdo rociado sobre los hombros, ideando algún medio alternativo para comprar en el futuro.

Lo favorable del caso es que, al tiempo en que la infección se propaga, los grandes centros comerciales ya han empezado a ofrecer el cajero mecánico. Alcampo, Carrefour, Buenavista y Polamax. Desde el año pasado, la novedad también se ofrece en el Corte Inglés de la calle Aragón. En el lugar que antes ocupaba una sola línea de caja se han montado seis cajeros de autoservicio. Las banderitas variadas indican el idioma del cliente: Junto a los varios oficiales de la patria, nuestra grisácea cobradora habla inglés, alemán, francés, ruso, checo, chino, árabe y sueco. “POR FAVOR, escanee su producto”; “POR FAVOR, deposite el producto”.

A nuestra nueva operaria no le importa el número de monedas con las que cubras el importe de tu compra. Puedes incluso introducir cincuenta euros en monedas de céntimo: la maquinal trabajadora anotará con paciente eficacia el importe introducido, recordando al cliente la diferencia entre éste y el precio. Puedes pagar un euro con billete de quinientos: la máquina devolverá los cuatrocientos noventa y nueve sin calderilla, con dos billetes de doscientos, uno de cincuenta, dos de veinte, uno de cinco y dos monedas de dos euros. Terminada la faena, la cajera mecánica se despide del cliente: GRACIAS por utilizar nuestro servicio.

Semejante nivel de satisfacción ha provocado en ésta que consume nuevas exigencias. Quiero un cajero con voz grave y tono bajo, tracto vocal grande y resultado tonal vibrante. Un cajero de nombre Héctor que te llame por tu nombre y te recuerde los días que hace que no visitas la tienda. “BUENOS DÍAS SEÑORA PÉREZ: nos complace verla otra vez por aquí”.

Por veinte céntimos más, trato amoldado al cliente, en el que Héctor nos recuerda lo bien que nos sienta el vestido y nos desea un buen fin de semana.

Un abrazo desde Palma.






Copyright Luisa Fernández Baladrón
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Tuesday, 9 August 2016

LAS PATRULLAS URBANAS



Tengo una amiga con ciertos problemas de socialización que le impiden tener un trabajo constante y, en consecuencia, una vida normal. En internet se anuncian a menudo magos, brujos, coachers y loqueros a los que nuestra amiga ha acudido siempre que su situación financiera se lo ha permitido, aunque, hasta ahora, nunca había tenido demasiado éxito.

Hace poco, la colega volvió a quedarse sin empleo, como siempre debido a su dudosa capacidad de relación con otros de su género. Fue entonces cuando, buscando y rebuscando alguna poción, descubrió el video de una mujer muy conocida por su capacidad de sanación de problemas. En el blog de la sanadora se anunciaba un curso gratuito de varios días que tendría lugar a principios de agosto en Vila Nova de Cacela, en pleno Algarve portugués. Portugal está ahora en temporada alta y los hoteles por las nubes. Así que nuestra ya popular misántropa, obcecada en solucionar su problema social, decidió partir mochila a la espalda, dispuesta a hacer noche en la playa. Más aun: dado que los billetes a Faro estaban agotados, partió con día y medio de margen para poder hacer autostop al llegar a Lisboa.

Y hete aquí que, tras ciertas peripecias y con cuarenta grados a la espalda, la compañera pisaba Manta Rota, soberbia playa del sur luso. Hacia las nueve y media y con el cielo casi oscuro y un par de familias en la playa, entró el coche escoba. Pronto, nuestra colega era la única que quedaba en la playa. Fue en aquél momento cuando se encendieron las luces frontales del chiringuito y la música del coche escoba comenzó a aumentar de volumen, mientras el conductor avisaba por micrófono a otras personas del pueblo. Los paisanos fueron regresando a la playa poco a poco, como llamados por un sonido extraterrestre: parejas, amigos, familias con niños. Pero esta vez no venían con toallas ni con cestas, sino con linternas. Los voluntarios bajaban hasta la orilla de la playa, revisaban con las linternas en el interior de toilettes, vestuarios y duchas, y enfocaban finalmente a la extranjera que aun estaba en la playa.
Las linternas aumentaban y también el volumen de la música y del altavoz que alertaba al resto de los paisanos, pero nuestra querida chiflada seguía allí, en la playa; algo obstinada, aunque dispuesta a marcharse si alguien se lo pedía. Hasta que comenzaron a oírse los ladridos de los perros. Primero uno; luego otro. En poco tiempo, una jauría. Y nuestra amiga decidió que su mal social no era tan grave como para llegar a la psicopatía, y que más valía recoger la mochila, encender la luz del móvil, que no funcionaba en Portugal a falta de roaming, y salir suavemente para evitar la eventual tarascada perruna.

Inmediatamente se apagaron las luces del chiringuito, el coche escoba, la música y el altavoz. Y los paisanos volvieron a sus casas, dejando la playa totalmente vacía.

Por cierto: los únicos perros que de verdad pudo ver nuestra amiga fueron un boloñés, un frisé, un salchicha y el can gemelo de “Coraje”, famoso perro cobarde de la ancianita Murriel. Los espantosos ladridos estaban grabados.

Un abrazo desde Palma. En la foto, una cala de Mallorca. Sin patrullas, pero igualmente impecable.






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Monday, 4 July 2016

ENCUENTRO INESPERADO





Frido corrió la cortina de la ducha para limpiar el desagüe. Una mujer delgada, pálida, con un moño raro en la cabeza, estaba allí, de pie, sobre el plato de la ducha.

¿Qué haces aquí?

No, qué haces TÚ aquí. Éste es el vestuario de señoras.

Se enrolló la toalla a las caderas, sobre la ropa interior, con aquél sujetador minúsculo anudado a la espalda: rancio, viejo, cedido. Hacía años que el cierre se había soltado del todo en un viaje por la máquina lavadora. Se miró las chancletas antes de salir, completamente secas.

¿Siempre te duchas sin agua? – preguntó Frido.

Ella se había metido en la ducha para poder cantar a gusto. Caro nome. Se imaginaba que nadie la oiría. Eran las tres y el vestuario estaba vacío. Era la hora anodina en la que Frido hacía la limpieza.
Ella hablaba sin parar. Él la miraba con curiosidad desde su ropa negra, mientras enrollaba el cable. Con aquél jersey de cuello, a pesar del calor. La luz entraba directamente por la claraboya. Justo en medio, los banquillos oscuros con percheros. En el suelo, alfombrillas azules de plástico. Ella estaba al otro lado de los bancos, frente al espejo.

Esa falda transparenta.

Se lleva así.

Pues le hace falta una combinación.

Se puso los zuecos y la camiseta rosa mientras seguía hablando. Sus historias de otros mundos mecían de un modo extraño el rutinario trabajo de Frido. Se quedó en el vestuario hasta que notó que estaba oscureciendo.

Nos vemos mañana.

La vio marcharse. No se atrevió a decirle nada. Ella bajó las escaleras y se fue.

La tía rara, la nueva. La de los zuecos y la falda.

Nadie había visto a la nueva, ni a sus zuecos, ni a su falda. Nadie, salvo Frido.

Vendrá mañana, ya verás. Vendrá mañana y la verás. Vendrá mañana...

Se asomó a la puerta, como llamando al día siguiente. “Vendrá mañana. Vendrá mañana...”

Volvió quince años después.





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Saturday, 2 July 2016

EL REENCUENTRO




Pues así es. Hace un año, después de una clase difícil y algo más cansada que de costumbre, deje una bici aparcada en la calle, atada a un poste y con la intención de bajar más tarde a por ella.  Aquella fue la última vez en que vi a mi dos-ruedas negra. Fue así como empezó una historia de rastreo y desengaño, buscando a mi negra compañera por las calles y tiendas  de ocasión, poniendo carteles por internet y ocupando ilegalmente la vía pública con octavillas, hasta que la di definitivamente por perdida, pasé mi luto por la compadre que ya nunca volvería y me compré una bici nueva, intentando olvidarme de los hechos.

Hace poco, un jueves recién salida del trabajo, cabizbaja y con la mente  llena de cuadrix, me dispuse a darme un homenaje a base de bizcochos del Corte Inglés. Acababa de atar mi nueva bici al aparcamiento de Jaime III, cuando me llamó la atención la pintura de un velocípedo negro.

 “Mírala ella, qué flamante”- me dije – “eso sí que es una mano de pintura”.

Hubo un segundo extraño, mezcla de reflexión y de reencuentro. Ya estaba dándome la vuelta, cuando el subconsciente me llamó a gritos: “¿No te suena? ¿Si me suena? Que si te suena. ¿Es… la mía? Es la tuya ¿Es la mííía? Eeees la tuya. Es la mía! Es la mía!”

Rápidamente comencé a reconocerla más de cerca. La misma Colluer, el mismo timbre, el mismo sillín original, especial para mujeres...

(¿El original??)

 Este detalle me confundió un poco. Hacía más de dos años que el sillín de mi bici había dejado de ser el original. Alguien le había robado el sillín mientras estaba aparcada en la Plaza de España. Me llevó casi cuatro meses encontrar un sillín compatible con la tija de aquella bici, mucho más ancha que la de otras bicicletas.

Así que no podía ser mi biciclo… Pero, se parecía tanto… Los mismos puños, las mismas manetas, la misma dirección, el mismo cuadro… hasta los accesorios eran iguales… Y los frenos… pero si le falta un freno! ¿Quién lleva una bicicleta como ésta sin un freno? Y ¿Qué cojines es esa cadena… de eslabones de establo?  ¿Quién protege una bici con esta cadena… del año del perolo? Y el candado… un candado de taquilla de gimnasio… y nuevo… y ese que está en el suelo es igualito… y también está nuevo… ¿Quéeee? El del suelo es igual a éste… Pero, el sillín es el original… ¿BI 1339? “Qué curioso que tenga tanto parecido”

Fue entonces cuando recordé que una vez, buscando a mi antigua camarada de aventuras, había subido unas cuantas fotos a Facebook y Google, y en algunas aparecía el número de serie de mi ex velocípedo. Suerte que tengo internet en el móvil.  Pero… uf! Qué mal se ven las fotos desde un Samsung Mini… Y con la luz del día sobre la foto… Claro que podría haberlas revisado a gusto si me hubiese ido a mi casa, pero no quería irme de allí hasta verle la cara al dueño de la bici.
“Quiero ver quién se sube a ese sillín. De aquí no me muevo. Del barco de Chanquete, no nos moverán… Noooo, noooo, no nos moverán… “

Mi Dos-Ruedas-Colluer había sido el regalo, “illo tempore”, de un amigo que tiene por costumbre guardar todas las facturas. Seguro que podía encontrar el número de serie. BI 1339. Ya había comenzado a entablar conversación con mi amigo, cuando se me acercó un sujeto que iba a echarle la mano a la bici.

-          ¿Es suya esta bicicleta? – Le pregunté.

El tipo no decía ni sí ni no, pero alargó el brazo para tapar el freno que faltaba y empezó a enrollar el cable suelto de la cincha inexistente alrededor del tubo de dirección. Como ido, el pobre. Entonces golpeó mi pituitaria el efluvio del sujeto, que ahora estaba algo más cerca. Un ligero movimiento convirtió el efluvio en vaho… tufo… hedor… y hasta en pestazo! Vade retro! Qué hace en Palma este individuo del aroma de Patrix? A la casba con la peste!

Y vaya roña entre las bielas, el plato y los pedales. Medio kilo de polvo metido en los piñones y el cambio trasero.

-        -   ¿Es suya esta bicicleta? – Insistí.

-      -     Eehhh… noee…

El tipo no dejaba de toquetear el freno. Venga a enrollar el cable en el telescopio. Y qué sucio estaba el telescopio!

-          - No, claro que no! Porque esta bicicleta es mía! Es la que me robaron el año pasado!

-        -   Pues, si tiene pruebas… ¿por qué no llama a la policía?

-       -  En eso estamos (dije con la boca pequeña, mientras miraba con asco el estado de los frenos, la cadena, el plato… y la mugre que cubría las llantas y el cuadro).
Así que “Pestazo” se fue a buscar a la poli, que apareció a caballo, mirando hacia abajo, condescendiente, desde las alturas. Como en una película de la poli montada del Canadá. (Hiiiiii! – relinchó el caballo… por dentro…)

-      -     Ya nos han contado lo ocurrido (léase con gesto de poli montado a caballo).

    -    Sí, pero estoy llamando a un amigo para que me confirme el número de serie.

-     - De acuerdo. Esperaremos aquí al lado, hasta que lo ratifique.

Lamentablemente, mi amigo me dio un número equivocado, que ni era el de serie ni se parecía en nada al que lucía sobre la bici. Así que me tocó decirle al jinete que la serie era otra.

Me marché a casa, trastocada, sobre mi nuevo “Ferrari”.

Pero al llegar a casa recordé la sesión de fotos con mi amigo Andreu, el fotógrafo de Magenta, con el que Dos-Ruedas-Colluer, Mónica, Juan y yo habíamos pasado una mañana estupenda en una mágica sesión de fotos. Y en las fotos, de una definición enorme, se veía claramente el número BI 1339.

Corrí hacia Jaime III todo lo aprisa que me dieron las piernas, pero mi dos ruedas ya no estaba.

-       -    Jo, lo siento – dijo mi amigo Andreu.

Por un segundo volvieron las exequias de la antigua bici negra. Pero luego recordé el estado del cuadro y de las bielas, el kilo de polvo que cubría la cadena y el aroma de Pestazo. Y miré a mi Dos-Ruedas-Roja, mi nuevo Ferrari, que ya se ha convertido en mi nueva compañera de aventuras. Y me alegré de que la antigua haya servido de algo a una persona que, dejando aparte el aroma, ha demostrado ser, por lo menos, amable.


Por cierto, si alguna vez se me ocurre volver a atar mi bici a una señal de tráfico, procuraré colgar de la maneta una pastilla de jabón. 




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Monday, 28 March 2016

¿QUÉ LE PASA A LA MEMORIA?



Hace tres años tuve la ocasión de recordar algo que había ocurrido hacía más de diez. El suceso se había quedado totalmente “traspapelado” en los confines de la memoria: fue una simple canción la que sacó el hecho de nuevo a la luz. Era tan extraño, que decidí comentarlo con una de las pocas personas que, según mi recuerdo, estaba presente. Curiosamente, esta persona no se acordaba de nada. Pero, fíjate lo que son las cosas, hace un par de días otro testigo corroboró los hechos. Nos habíamos olvidado.

Llevamos unos años de corriente positiva, de pensamiento puro y limpio, de mirar hacia otro lado cuando observamos lo impertinente. Y de tanto repetir el mantra hemos duchado el recuerdo.

Algo así debe estarle pasando a la clase política y, por ende, a todos nosotros, ciudadanos de a pie y en edad de votar. Sólo ésto explica que ahora se nos de por tontear con los terroristas. Hasta el colmo de quitarle la ayuda a los más necesitados para dársela a familias de revolucionarios.

Pellízcame para saber si estoy despierta: condenan el terrorismo de Bélgica porque ha afectado a civiles. Pos estamos de acuerdo y se agradessse la finessa Bernardo, como diría “Les Luthiers”. Pero esas víctimas civiles que recuerdan mis sesos ¿son el producto de otra creación autogénica?

La sociedad encanece: nos está fallando la memoria.

A este paso sólo me falta ver como Irene Villa les hace entrega del Nobel de la Paz.




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